El cuerpo conjugado

El cuerpo conjugado

Hay un malestar en la época difícil de definir, quizás porque circula conjugándose con una promesa de felicidad imposible.
Se presenta con angustia en los pliegues del erotismo, convierta la alegría en exigencia frustrante.
Se tensa con la posición subjetiva propia, ineludible, singular con que cada sujeto se hace en su tiempo.
Fue así que, más tanteando que indagando, busqué narrar el drama que surge del encuentro entre una época que exige rendimiento y exitismo continuo con la realidad del sujeto, cuyo derrotero no puede ser sin ambivalencias, angustia, tristeza, tropiezos, dudas, preguntas sin respuestas, a través del cuerpo.
Ese cuerpo neoliberalizado que se agota en sus esfuerzos hacia sus siempre lejanas metas. O idealizado, irreal en su imagen (irrealizable), imposible. Rechazado, despreciado, en lo real y tan temido del cuerpo. O encerrado, contagioso.
Como si adquiriera entonces la función del verbo, como un lugar hecho más de palabras que de superficies, en el cuerpo y con el cuerpo conjugar entonces la época y lo singular, lo propio. La imagen que se ofrece son contornos que se rompen, diluyen, quiebran, se borran o se tuercen, se deforman, desproporcionan, se doblan o se deshacen.
Rodeado de piezas, objetos cargados en valor, insiste a su vez el cuerpo en movimiento, aventurado hacia el deseo y sus riesgos.
Si la envoltura son palabras, si el lenguaje es de lo que estamos hechos, el cuerpo será entonces el destinado a mostrar sus efectos.
Si vamos a empujar con nuestra subjetividad dentro del discurso de esta era masificante por excelencia, para ser y desear en el propio ser más allá del ideal, el cuerpo hará su lugar y llevará las marcas de este acto tan jugado.

 

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